Esta completísima Historia, obra del dominico Fray Diego Durán, es uno de los testimonios más importantes del antiguo México y su Conquista. Los fragmentos que presentamos en cuatro partes tienen un indudable interés, ya que además de dar noticia de la llegada de aquellos que poblaron estas tierras y de los asombrosos acontecimientos que tuvieron lugar antes y después de ello, también se refieren a lo que los autóctonos mexicanos creyeron ver en Cortés y los conquistadores españoles: la figura de los antiguos dioses, en particular Quetzalcóatl, que volvían a su Imperio tal cual había sido profetizado. Muchas señales aparecieron antes y durante el desembarco de los extranjeros, entre ellos un cometa que causó estupor, particularmente en el emperador azteca Moctezuma, seguido de otros signos extraordinarios.
HISTORIA DE LAS INDIAS DE NUEVA ESPAÑA
FRAY DIEGO DURAN
(Fragmento)
CAPÍTULO III
DE LA LLEGADA DE LOS MEXICANOS A ESTA TIERRA DE MÉXICO Y DE LOS SUCESOS Y ACONTECIMIENTOS QUE TUVIERON ANTES DE LLEGAR A ELLA

1. Fueron siempre los hechos y proezas de los mexicanos tan llenos de hazañas, que a los que no las saben y a ellos conocen y dado que no los conozcan, no dejarán de recibir gusto y contento de saber sus antiguallas, con la sucesión y principios suyos, con otros muchos acontecimientos que por ellos pasaron, dignos de memoria.

2. No ignoro el excesivo trabajo que será relatar crónica e historias tan antiguas, especialmente tomándolas tan de atrás, porque, allende haber los religiosos antiguos quemado los libros y escrituras y de haberse perdido todas, faltan ya los viejos ancianos y antiguos, que podrían ser autores de esta escritura y hablar de la fundación y cimiento de esta tierra, de los cuales había yo de tomar el intento sus antigüedades.

3. Paréceme también imposible poder contar todo lo que por este nuevo mundo y una provincia tan grande, como ella es, haya pasado, porque, hallándose en ella tantos reinos, tantas provincias, tantas ciudades, villas y lugares; pueblos grandes, donde vivieron tantas y tan innumerables gentes, repartidas en tanta diferencia de lenguas y naciones y nombres y condiciones y trajes y costumbres, las buenas y malas fortunas que entre ellos pasaban bastaba a un historiador, por diligente que fuese, dar noticia de una sola, y en ello tenía demasiado qué hacer, en escribir las hazañas de cada una de ellas, y aun le sería contrapeso el quererla abreviar, el cual ha de ser mi principal presupuesto.

4. Aunque la brevedad será con otro presupuesto: que no falte nada por decir, en lo que a la nación mexicana tocare, porque aunque los acontecimientos de todas estas gentes se derramasen en otro tiempo por muchas partes de este nuevo mundo, y en todas ellas hubiese gente de mucho valor, y cuenta, todos, en fin, venían a concluir ser sus hazañas y valor participado de la principal fuente, que era México, y allí se daba razón y cuenta de cuanto pasaba en las demás provincias y reinos, como cabeza de todos ellos, donde la razón y cuenta era tanta, cuanto ha sido mi deseo de darle vida y resucitarle de la muerte y olvido en que estaba, al cabo de tanto tiempo.

5. Esta dichosa patria ha procreado hijos que con más suficiencia lo pudieran haber resucitado y dado vida, con sus claros y delicados ingenios, para que las antiguas alabanzas durasen para siempre, con perpetua memoria, adornándolas con hermosura de razones, para que las gentes advenedizas y extrañas, de diversas naciones y regiones, como a ella acuden, movidos por la golosina de la fertilidad y riqueza, huelgan de saberla y leerla, y pierdan la mala y falsa opinión con que condenaban la barbaridad que a estas gentes atribuían.

6. Porque, si en los ritos e idolatrías mostraron ceguedad y engaño diabólico, al menos, en las cosas de gobierno y policía, sujeción y reverencia, grandeza y autoridad, ánimo y fuerzas, no hallo quien lo sobrepuje, y en querer señalarse en todo, para que su memoria durase para siempre. La cual, aunque mi ingenio no me favorezca más que a otro, la esperanza de poder salir con ello –que es la que suele vencer otras mayores dificultades– me la ha hecho fácil, acompañándola el deseo de salir con mi intento y la voluntad y gana que de poner en memoria las cosas de la patria me inclina. Y aunque con tan pocos aparejos y tan mal apercibido, me atrevo a emprender una cosa tan escondida y olvidada.

7. Echaré, en fin, mano de lo más notorio y claro, pues no dejan de quedar algunos vestigios, por donde podamos tomar rastro de lo que sucedió entonces, con muchas señales de lo pasado. Porque, aunque no hubiera más memoria sino las piedras u efigies de los reyes antiguos, que dentro del cerro de Chapultepec están, en donde los mismos reyes se mandaban esculpir después de sus días, con otras innumerables imágenes y esculturas que a cada paso se topan, bastaba para decir las grandezas y hechos, principios y sucesiones y, ya que no por entero, a lo menos los más señalados y famosos de questas naciones.

8. El año de mil y ciento noventa y tres después del nacimiento de nuestro Redentor Jesucristo, llegó a esta tierra la nación y congregación mexicana. La cual gente había salido –como todas las demás naciones de que ya toda la tierra estaba poblada– de unas cuevas que eran en número siete, y de una tierra donde habían habitado que llamaban Aztlán, que quiere decir “blancura”, o lugar de garzas, y así les llamaban a estas naciones “azteca”, que quiere decir “la gente de la blancura”.

9. Llamábanlos por otro nombre “mecitín”, que quiere decir “mexicanos”, a causa de que el sacerdote y señor que los guiaba se llamaba “Meci”, de donde toda la congregación tomó la denominación, como los romanos la tomaron del primer fundador de Roma, Rómulo. Tienen hora otro nombre, el cual heredaron después que poseyeron esta tierra, que fue “tenuchca”, por causa del tunal que hallaron nacido en la piedra, en el lugar donde edificaron su ciudad, y así “tenuchca” quiere decir “los poseedores del tunal”.

10. Después que los mexicanos dejaron aquellas cuevas, puestos en camino, para buscar esta tierra y sitio que les era prometido por sus dioses, según la relación de sus sacerdotes, hallo en sus pinturas y relación haber hecho grandes pausas y demoras y haber habitado en sitios y lugares apacibles por muchos años, hallándolos fértiles y abundosos de aguas y arboledas y otras frescuras, morando en algunos de ellos veinte años, en otros, quince, en otros, diez, más o menos. Lo cual claramente vi en una pintura que en Santiago de Tlatelulco me mostraron, donde vi pintado haber edificado muchos pueblos, que hoy en día se habitan, y otros que ya (están) despoblados, por haberse acabado y muerto la gente que en ellos había; sólo han quedado los vestigios de los edificios y templos que en cada lugar a su dios edificaban, lo cual era lo primero que hacían.

11. Lo segundo que hacían, en acabando de edificar el tabernáculo para la cestilla en que su dios venía, era luego sembrar maíz, de riego, o de temporal, chile, que es la pimienta que ellos comen, y todas las demás legumbres que usan en su sustento. Y esto hacía, que se hubiesen de (de) tener, (o) que no se hubiesen de (de) tener, porque, si su dios tenía por bien de que lo cogiesen, lo cogían, y si no, en mandándoles alzar el real, allí se quedaba todo, excepto cuando la mazorca estaba en sazón. Y muchas veces se quedaba para los viejos y viejas, y enfermos que no podían pasar adelante. Con los cuales quedaban aquellos lugares poblados y con semillas para siempre. Y éste fue el principal intento de los mexicanos en poblar la tierra de gente, para ser señores de ella y de mantenimientos.

12. Ya hemos dicho cómo traían a su principal dios, sin cuyo mandato no se osaba menear. Traían, empero, otros siete dioses, que a contemplación de las siete cuevas donde habían habitado siete congregaciones de gentes, o siete parcialidades, los reverenciaban con mucha grandeza. Estos siete dioses tenían sus dictados y nombres que denotaban gran excelencia como el día de hoy la denotan en los principales que tiene estos dictados, y con su gravedad autorizan estos dictados de honra y grandeza, en nombre de aquellos dioses.

13. El dios del primer barrio se llamaba Yopican teuctli;
el segundo, Tlacochcalcatl teuctli;
el tercero, Huitznahuatl tecuctli;
el cuarto, Cuatecpan teuctli;
el quinto, Chalmecatl tecutli;
el sexto, Tlacatecpanecatl;
el séptimo, Izquitecatl.

14. Pasaron y rodearon toda la tierra de los chichimecas, sin dejar cosa por ver en toda la tierra nueva y llanos de Cibola, no les contentando nada de ella, y vinieron a aportar a la provincia que agora se dice Mechoacan, a un lugar que pusieron por nombre Pázcuaro. Y antes que pasemos adelante, quiero dar noticia de cómo se fundó aquel pueblo y toda la demás provincia, según relación suya.

15. Es de saber que los mexicanos, los que agora son tarascos y habitan la provincia de Mechoacan, y los de la provincia de Malinalco, todos eran de una congregación o parcialidad y parientes, y salieron de aquella séptima cueva, debajo del amparo de un dios que los guiaba y todos hablaban una misma lengua. Llegados a aquel lugar de Pázcuaro, viéndole tan apacible y alegre, consultaron a su dios los sacerdotes y pidiéronle que, si no era aquel el lugar que les tenía prometido y habían de fuerza pasar adelante, que al menos tuviese por bien de que aquella provincia quedase poblada.

16. El dios Huitzilopochtli respondió a sus sacerdotes en sueños que él era contento de hacer lo que le rogaban y que el modo sería, que todos los que entrasen en una laguna grande que en aquel lugar hay a se lavar, como ellos lo tienen de costumbre y uso, así hombres como mujeres, que después de entrados, se diese aviso los que afuera quedasen que les hurtasen la ropa, así a ellos como a ellas, y, sin que lo sintiesen, alzasen el real y se fuese con ella y los dejasen desnudos.

17. Los mexicanos, obedeciendo el mandato de su dios, estando los de la laguna embebidos en el contento del agua, sin ningún detenimiento alzaron el real y partieron de allí, tomando la vía que su dios les señaló.

18. Después de haberse lavado con mucho contento los que estaban en la laguna, salieron de ella y, buscando su ropa para cubrirse, no la hallaron, y entendiendo ser burla que los demás les hacían, vinieron al real donde habían dejado la demás gente, y halláronlo solo y sin persona que les dijese hacia qué parte había tomado la vía, y viéndose así desnudos y desamparados y sin saber a dónde ir, determinaron de quedarse allí y poblar aquella tierra.

19. Y cuentan los que dan esta relación que como quedaron desnudos en cueros, así ellos como ellas, y lo estuvieron mucho tiempo, que de allí vinieron a perder la vergüenza y traer descubiertas sus partes impúdicas y a no usar bragueros ni mantas los de aquella nación, sino unas camisas largas hasta el suelo, como lobas judaicas, el cual traje yo lo alcancé y hoy día entiendo se usa entre los macehuales.

20. El dios de los mexicanos tenía una hermana, la cual se llamaba Malinalxochitl y venía en esta congregación. Era muy hermosa y de gentil disposición y de tanta habilidad y saber que vino a dar en magia y hechicería; de tan malas mañas que, para después ser adorada por diosa, hacía mucho daño en la congregación, haciéndose temer. Y habiéndola sufrido, por respeto de ser hermana de Huitzilopochtli, determinaron de pedirle les dijese el modo que habían de tener para librarse. El cual mandó al sacerdote, en unos sueños como solía, que la dejasen en el lugar que señalaría, a ella y a sus ayos y a los principales que eran de su parcialidad.

21. El sacerdote, para consuelo de su pueblo, dio noticia de la revelación pasada a toda la multitud, diciendo: –“Vuestro dios, vista vuestra aflicción, dice que esta su hermana, con sus mañas y mala conversación, os es perjudicial; de lo cual él está muy sentido y enojado contra ella, de ver el poder que tiene ya adquirido por vías ilícitas sobre los animales bravos y perjudiciales, por vía de encantamientos y hechicerías para matar a los que la enojan, mandando a la víbora y al alacrán, o al ciento pies, o a la araña mortífera que piquen. Por tanto, para libraros de esta aflicción, por el amor que a todos tiene, quiere y es su voluntad que esta noche, al primer sueño, estando ella durmiendo, con todos sus ayos y señores, estando nosotros en vela la dejemos y nos vamos, sin que quede nadie que le sepa dar razón a qué parte.

22. “Porque su venida de vuestro dios dice que no fue a hechizar, ni encantar las naciones, ni a traerlas a su servicio por esta vía, sino por ánimo y valentía del corazón y brazos, por el cual modo piensa engrandecer su nombre y levantar la nación mexicana hasta las nubes, haciéndonos señores del oro y de la plata y de todo género de metales, y de las plumas ricas de diversos colores, y de las piedras de mucho precio y valor, y edificar para sí y en su nombre, casas y templo de esmeraldas y rubíes, como el señor de las piedras preciosas que en esta tierra se crían, y del cacao y ricas mantas, de ricas labores con que se piensa cubrir, y que a esta ha sido su dichosa venida y el haber tomado este trabajo de guiarnos a estas partes a darnos el descanso y premio de los trabajos que hasta aquí se han pasado y restan de pasar. Y ansí manda que su hermana sea dejada en este lugar con sus encantamientos y hechicerías.”

23. Y, concluida la plática y revelación del sacerdote, luego aquella noche partieron, toda la gente que no era de la parcialidad de Malinalxochitl, dejándola a ella y a sus aliados durmiendo, y tomando el camino hacia la parte de Tula, donde su dios los guiaba, y aportaron a un lugar y cumbre de un cerro que se llama Coatepec.

24. Venida la mañana y hallándose sola con sus ayos, Malinalxochitl, llorando con mucho dolor, quejándose de su hermano, por la burla que le había hecho, dejándola, sin saber a qué parte ir a buscar la gente que echaba menos, tomó consejo con sus ayos y con la gente que con ella había quedado. Fuéronse a un lugar que agora llaman Malinalco, el cual fue poblado por aquella señora con su gente, tomado la denominación el sitio de ella, que, como he dicho, se llamaba Malinalxochitl. Y así, este pueblo se llama Malinalco. Y esta es costumbre de esta generación: poner el nombre al pueblo de su primer fundador. ¡Costumbre judaica!

25. A la gente de esta parcialidad han tenido y tienen hasta el día de hoy por brujos y hechiceros, lo cual dicen heredaron y deprendieron de su señora y fundadora de su provincia.

26. Dividida la nación mexicana en tres partes, la una quedó en Mechoacan y pobló aquella provincia, inventando lengua particular, para no ser tenidos ni conocidos por mexicanos, agraviados de la injuria que se les había hecho en dejarlos. Y la otra parte, quedando en Malinalco. La que aportó a Coatepec fue muy poca gente, aunque valerosa y de grande ánimo, la cual había dejado poco había en un sitio que llamaban Ocopilla, y en otro, que llamaban Acahualtzinco, donde habían estado muchos días rehaciéndose de bastimentos, algunos viejos y enfermos, con que siempre se iban disminuyendo.

27. En entrando que entraron en la tierra de Tulan, se inquietaron los chichimecas y serranos de aquellos lugares y mostraron enojo y pesadumbre, especialmente la nación Otomí, diciendo: “¿Qué gente es esta gente? Parece atrevida y desvergonzada, pues se atreve a ocupar nuestros sitios y lugares, sin nuestra licencia y parecer. ¡No es posible que esta sea buena gente!”

28. Los mexicanos, no curando de esta murmuración, edificaron luego, como solían, el tabernáculo de su dios, con el propiciatorio y sacrificadero que, a manera de altar, usaban, y alrededor de él, todos los demás dioses que arriba di noticia.

29. Asentados ya y puestos en orden en sus tiendas, alrededor del tabernáculo, por orden que su dios y sacerdote les mandaban, unos a oriente, y otros a poniente, al medio día y al norte, mandó en sueños a los sacerdotes que atrajesen el agua de un río que junto allí pasaba, para que aquel agua se derramase por el llano y tomase en medio aquel cerro donde estaban, porque les quería mostrar la semejanza de la tierra y sitio que les había prometido.

30. Hecha la presa, se derramó aquel agua y se tendió por todo aquel llano, haciéndose una gran laguna, la cual cercaron con sauces, sabinas y álamos; pusiéronla llena de juncia y espadañas; empezóse a henchir de pescado de todo género de lo que en esta tierra se cría. Empezaron a venir aves marinas, como son patos, ánsares, garzas, gallaretas, de que se cubrió toda aquella laguna, con otros muchos géneros de pájaros, que hoy en día la laguna de México tiene y cría.

31. Hinchóse así aquel sitio de flores marinas, de carrizales, los cuales se hincharon de diferentes géneros de tordos, urracas, unos colorados, otros amarillos, que con su canto y chirrido hacían gran armonía, y alegraron tanto aquel lugar y púsose tan ameno y deleitoso, que olvidados los mexicanos con este contento del sitio que su dios les prometía, no siendo éste más de muestra y dechado de lo que iban a buscar, dijeron que aquél les bastaba, que no querían ir de allí a buscar más deleite del que tenían. Empezaron luego a cantar y bailar con cantares apropiados y compuestos a la frescura y lindeza del lugar.

32. Oído por su dios Huitzilopochtli, cómo aficionados muchos a la compañía (cuyo caudillo de aquella murmuración y concierto era Huitznahua (y) una señora que llamaban Coyolxauh) no querían pasar adelante, sino enamorados del aquel sitio decían: –“Aquí es tu morada, Huitzilopochtli; a este lugar eres enviado; aquí te conviene ensalzar tu nombre; en este cerro Coatepec, te es concedido gozar del oro y de la plata, y de todos los demás metales; de las piedras preciosas y de las plumas de diversos colores ricas y resplandecientes, y de las ricas y preciosas mantas, y del cacao y de todo lo demás que en este nuevo mundo se criase.”

33. Item: “Aquí has de ganar lo que resta de las cuatro partes del mundo, con la fuerza de tu pecho y de tu cabeza y de tu brazo. Aquí es el lugar donde has de alcanzar la gloria y ensalzamiento de tu nombre: esta es la cabecera de tu reino. Manda a tus padres y ayos que hagan junta sobre ello y que se concluya el andar a buscar más descanso del que aquí tenemos, porque descansen ya los aztecas y mexicanos y tengan fin sus trabajos.”

34. Airado el dios Huitzilopochtli respondió a los sacerdotes y dijo: –“¿Quiénes son éstos que así quieren traspasar mis determinaciones y poner objeción y término a ellas? ¿Son ellos por ventura más que yo? Decidles que yo tomaré venganza de ellos antes de mañana, porque no se atrevan a dar parecer en lo que yo tengo determinado y para lo que fui enviado, y para que sepan todos que a mí solo han de obedecer.”

35. Dicen que vieron el rostro del ídolo en aquel punto tan feo y tan espantoso, con una figura endemoniada que a todos puso espanto y terror. Cuentan que a media noche, estando todos en sosiego, oyeron en el lugar que llamaban Teotlachco, o por otro nombre, Tzompanco –que eran lugares sagrados dedicados a este dios– un gran ruido; en el cual lugar, venida la mañana, hallaron muertos a los principales movedores de aquella rebelión, juntamente a la señora que dijimos se llamaba Coyolxauh, y a todos abiertos por los pechos y sacados solamente los corazones, de donde se levantó aquella maldita opinión y secta de que Huitzilopochtli no comía sino corazones, y de donde se tomó principio de sacrificar hombres y abrirlos por los pechos y sacarles los corazones y ofrecérselos al demonio y a su dios Huitzilopochtli.

36. Visto por los mexicanos el riguroso castigo que su dios había hecho contra los culpables y asombrados del espantoso ruido que en la ejecución del castigo habían oído aquella noche, y a su dios tan feroz y tan enojado , recibieron grandísimo temor y espanto. Y no parando aquí el enojo de Huitzilopochtli, para más mostrar su bravura y furor, manda a sus ayos y sacerdotes que abran y deshagan los reparos y tomas de agua que habían hecho, con que el agua estaba represada, y que la dejasen seguir su antiguo curso.

37. Los mexicanos, no osando hacer otra cosa, quitaron y deshicieron los reparos y presas que tenían las aguas y dejáronlas correr, contra todo torrente de su voluntad, por el descanso y refresco que de aquellas aguas les redundaba y mantenimiento, pero por no incurrir en la ira de su dios, tuvieron por bien de posponer todo consuelo.

38. Deshecha la laguna, se empezaron a secar los carrizales y espadañas y a secarse los árboles y frescura y a morirse los pescados y ranas y todas las demás sabandijas que el agua engendra, de que esta gente se aprovecha para su mantenimiento; empezaron a irse las aves marinas y a quedar aquel lugar tan seco y sombrío como de antes estaba.

39. Visto por los mexicanos el destrozo y esterilidad, determinaron de consultar a su dios sobre lo que quería hiciesen, confiando de él que ya estaría apaciguado con el derramamiento de sangre y furor pasado, considerando que la naturaleza del tiempo deshace los enojos y ablanda los corazones. Y así, consultado, mandó alzasen el real y pasasen a Tula, lo cual fue luego hecho.

40. Entraron en Tula los mexicanos el año de 1168. Donde estuvieron poco tiempo y de allí pasaron a Atliltlalaquian, y de allí vinieron a Tequixquiac, donde estuvieron algunos años de prestado, sembrando sus sementeras para su sustento. De allí vinieron a un lugar que llaman Tzompanco, donde queriendo hacer pausa y descansar, hallaron contradicción y tuvieron algunos reencuentros, saliendo algunas personas de ambas partes a defender sus partidos.

41. De allí vinieron a Xaltocan, donde hallaron más benevolencia en los naturales, hicieron sus sementeras de maíz y chile y de todas las demás semillas de que ellos venían proveídos, y allí, para estar con más seguridad, hicieron su cerca de tierra y albarradas para la seguridad de sus personas, no teniéndose por seguros.

42. Cogidas sus sementeras y hecho su matalotaje, partieron de aquel lugar y vinieron a Ecatepec, y de allí a Tulpetlac; en fin, viniéronse entrando poco a poco a tierras y términos de los tepanecas, que eran los de Azcapotzalco, y Tacuba y Cuyuacan, gente ilustre y que en aquella era reinaba y tenía mando sobre todas las demás naciones, y vinieron a parar a un cerro que se dice Chapultepec, donde no con poco temor y sobresalto, asentaron su real e hicieron sus chozas y bohíos.

43. Y fortaleciéndose lo mejor que pudieron, consultaron a su dios, para pedir aviso de lo que debían hacer. Respondió su dios que esperasen el suceso, que él sabría lo que había de hacer y que a su tiempo les avisaría, y que muy presto verían lo que había; que estuviesen muy aparejados y a punto, porque no era aquel el lugar que había él elegido para su morada; que cerca de allí estaba, porque primero tendrían gran contradicción de dos naciones de gentes, que esforzasen sus corazones.

44. Ellos, temerosos con esta respuesta y aviso, eligieron un capitán y caudillo de los más ilustres que en la compañía venía, el cual tenía por nombre Huitzilihuitl, para que éste los ordenase y guiase y diese industria de los que habían de hacer, teniendo opinión de que era hombre industrioso y de valeroso corazón.

45. Electo por capitán general de esta gente, habiéndole dado todos la obediencia, mandó que por toda la frontera de aquel cerro se hiciesen muchas albarradas de piedra, las cuales a trechos iban subiendo, unas tras otras, a manera de escalones anchos, de un estado de ancho. Las cuales, en la cumbre, venían a hacer un espacioso patio, donde todos se recogieron y fortalecieron, haciendo su centinela y guardia de día y de noche, con mucha diligencia y cuidado, poniendo las mujeres y niños en medio del ejército, aderezando flechas, macanas, varas arrojadizas, labrando piedras, haciendo hondas para su defensa.


 
CAPÍTULO IV
DE LO QUE SUCEDIÓ A LOS MEXICANOS DESPUÉS DE LLEGADOS A CHAPULTEPEC
1. Llegados los mexicanos a este cerro de Chapultepec y aposentados en él y avisados de su dios Huitzilopochtli no ser aquel el lugar donde los traía y que aparejasen las manos, porque les sería menester, juntamente con el ánimo y esfuerzo de su corazón, ellos, aunque con sobresalto, empezaron a estar sobre aviso y aguardar el suceso, poniendo sus pertrechos y reparos, lo mejor que pudieron, viéndose en medio de innumerables gentes y que nadie les mostraba ningún amor.

2. Pero, para contar la historia y suceso, será necesario nos acordemos de lo que en el capítulo pasado tratamos, de una hermana de Huitzilopochtli, la cual se llamaba Malinalxochitl, y de cómo por ser perjudicial y de malas artes y mañas, mandó su hermano le dejasen y le diesen cantonada, como dicen, dejándola con sus ayos, por el mal que en la compañía hacía. Y así la dejaron, de suerte que, ignorando ella la vía que su hermano había tomado, se quedó allí por algunos días y años después se fue y fundó la provincia de Malinalco.

3. Esta Malinalxochitl –como dijimos– era muy gran hechicera y bruja, la cual vino a parir un hijo y enseñándole aquellas malas mañas y hechicerías, después que tuvo edad, contóle el agravio que su hermano Huitzilopochtli le había hecho en dejarla y segregarla de su compañía.

4. El hijo, enojado y airado su corazón, movido por las lágrimas de la madre, le prometió de lo ir a buscar y procurar con sus artes y mañas de lo destruir a él y a toda su compañía.

5. La madre, vista la determinación de su hijo, no dejándoselo de persuadir, mostrándole era aquella su voluntad, determina su hijo de ir a buscar a su tío e incitar las naciones a que le destruyesen con sus malvadas artes y mañas, y así, discurriendo por unas y por otras partes, tuvo nueva de su llegada a Chapultepec.

6. Cópil, que así se llamaba, habida noticia, empezó a discurrir de pueblo en pueblo, y a encender y mover los corazones de todas las naciones contra la generación mexicana, y a incitarlos a que los destruyesen y matasen, publicándolos por hombres perniciosos y belicosos, tiranos y de malas y perversas costumbres, certificando tener él noticia de ellos y conocerlos por gente tal cual él daba la relación.

7. Las gentes y naciones, temerosos y asombrados con nuevas tan enormes y espantosas, temieron admitir semejante gente y así determinaron de los matar. Para lo cual se conjuraron todas las ciudades comarcanas de Azcaputzalco y de Tacuba, Cuyuacan y Xochimilco, Culhuacan y Chalco, para que todos de mancomún los cercasen y los matasen, sin quedar uno ni más. El cual propósito fue luego puesto en ejecución.

8. Viendo el malvado de Cópil que ya su juego estaba entablado y que su deseo tenía efecto, subióse sobre un cerillo que está al principio de la laguna, que llaman Tepetzinco, al pie del cual hay unas fuentes de agua caliente –a todos notorio– para desde allí aguardar el fin y la pérdida de todos los mexicanos, prometiéndoles el señorío de toda la tierra, en saliendo con lo que pretendía.

9. Pero salióle muy al revés, porque Huitzilopochtli, su tío, sabiendo su maldad, dio aviso a toda la congregación de los mexicanos, por sus sacerdotes y mandó que antes que los cercasen fuesen a aquel cerro.

10. Y que le tomasen descuidado y le matasen y le trujesen el corazón, pero que, para el efecto, que le llevasen a él o a su semejanza.

11. Y así, tomándolo a cuestas uno de sus ayos, que se llamaba Cuauhtlequetzqui, se fueron al cerro y, tomándolo muy descuidado, lo mataron y le sacaron el corazón y presentándoselo al dios su tío, el cual mandó que su ayo, metido en el tular, lo arrojase en medio de él, con la mayor fuerza que pudiese, y así fue hecho. El cual fue a caer en un lugar que agora llaman Tlacocomoco, del cual corazón fingen que nació el tunal donde después se edificó la ciudad de México. También dicen que luego que fue muerto este Cópil, en el mesmo lugar nacieron aquellas fuentes de agua caliente, y así las llaman a aquellas fuentes Acopilco, que quiere decir “el agua de Cópil”.
12. Muerto Cópil, no por eso cesó la rebelión, y mal propósito de la gente de la tierra en querer matar y dar fin de los mexicanos, antes, poniéndolo en ejecución, encendidos en ira y enojo, cercaron todo el cerro de Chapultepec, donde los mexicanos estaban recogidos. Puesto el cerco, los mexicanos viéndose en tan grande aprieto y aflicción, movidos por los llantos de sus mujeres y niños, hicieron, como dicen, de tripas corazón y no mostraron ninguna cobardía, antes ánimo y valor.

13. Los del cerco los empezaron a combatir por todas partes, deseando matar a cuchillo a todos, con mujeres y niños. Pero Huitzilopochtli, que entonces era el señor y rey de los mexicanos, esforzándolos con la mejor manera que pudo, hizo rostro a los chalcas, los cuales traían por caudillo a un señor y cabeza llamado Cacamatl tecuhtli y arremetiendo a ellos, llevando todas las mujeres y niños y viejos en medio, a la primera refriega prendieron al señor de los mexicanos, Huitzilihuitl.

14. Pero no desmayando por eso los mexicanos, apellidando a su dios, los desbarataron y salieron huyendo de entre ellos, hasta acogerse a una villa que llamamos Atlacuiuayan, donde hallándola desierta y sin gente se hicieron fuertes.

15. Los chalcas y todas las demás gentes, viéndose desbaratados de tan poca gente, no curaron de seguirlos, casi como avergonzados. Se contentaron con llevar preso al rey de los mexicanos, al cual lo llevaron a Colhuacan y lo mataron, vengándose en él del daño que habían recibido.

16. Los mexicanos se repararon y reforzaron de armas, inventando aquel modo de armas y varas arrojadizas que llamamos fisgas. Reparados todos con este género de armas, se pasaron a un lugar que llaman Mazatla y de allí se fueron acercando a Colhuacan. Llegados allí el dios Huitzilopochtli habló a los sacerdotes y díjoles:

17. –“Padres y ayos míos, bien he visto vuestro trabajo y aflicción, pero consolaos, que para poner pecho y la cabeza contra vuestros enemigos sois venidos aquí. Lo que podéis hacer es que enviéis vuestros mensajeros a Achitometl, señor de Colhuacan y, sin más ruegos ni cumplimientos, le pedid que os señale sitio y lugar, donde podáis estar y descansar, y no temáis de entrar en él con osadía, que yo sé lo que os digo, y ablandaré su corazón, para que os reciba. Y tomad el sitio que os señalare, bueno o malo, y asentad en él, hasta que se cumpla el término y plazo determinado de vuestro consuelo y quietud”.

18. Ellos, confiados de estas promesas y razones, enviaron sus mensajeros a Colhuacan, enviándole decir (al rey) que los mexicanos le rogaban les señalase sitio y lugar donde pudiesen estar ellos y sus mujeres e hijos, encomendándose a él como a más benigno, confiados de que su clemencia les daría tierra, no sólo para edificar, sino también para sembrar y coger, para el sustento de sus personas, mujeres e hijos.

19. El rey, inclinado a sus ruegos, mandóles aposentar y dar lo necesario a sus personas, como entre ellos es uso y costumbre, acariciando a los mensajeros y caminantes y hacerles muy buenos hospedajes.

20. Mientras los mexicanos descansaban, Achitometl, señor de Culhuacan, mandó llamar a sus grandes, principales y señores, y les dijo: –“Los mexicanos, con toda humildad posible, me envían a rogar les señales en mis tierras lugar y sitio donde puedan hacer ciudad. Mirad qué lugar os parece que se les dé”.

21. Habido entre todos su consejo, lleno de mil contradicciones, demandas y respuestas, mostrándose siempre el rey favorable a los mexicanos, salió determinado se les diese un lugar que llaman Tizaapan, que es de la otra parte del cerro de Colhuacan, donde agora se parten los dos caminos, el que va a Cuitlahuac y el que va a Chalco.

22. El cual lugar estaba desierto, por estar cubierto de muchas culebras y víboras ponzoñosas, que descendían del cerro. El cual sitio les fue señalado, no sin mucha malicia y maldad de parte de los consejeros. Pero ellos, aceptando la merced que se les hacía, fueron metidos en posesión, la cual tienen y poseen hasta el día de hoy, porque todo aquello de por allí, hasta Santa Marta y los Reyes, todo es sujeto a la ciudad de México.

23. Llevados allí, ellos empezaron a hacer sus bohíos y chozas, donde se meter. Y viendo la cantidad de culebras y malas sabandijas que allí había, al principio recibieron pena y angustia, pero después así se les rendían y amansaban que les sirvieron de sustento, no comiendo de otra carne, sino de aquellas culebras, víboras, salamanquesas que allí del cerro bajaban, y de tal arte se engolosinaron y regustaron en ellas, que las consumieron y acabaron, que apenas hallaban una ya para comer.

24. Los de Colhuacan, confiados de que, poco a poco, los habían de matar y acabar aquellas sabandijas, díjoles el rey Achitometl: –“ Id y ved en qué han parado los mexicanos, y saludad de mi parte a los que hubiesen quedado de ellos y preguntadles cómo les va en el sitio que se les dio”.

25. Idos los mensajeros, hallaron a todos los mexicanos muy alegres y contentos, con sus sementeras muy cultivadas y puestas en orden, hecho templo a su dios, y ellos en sus chozas y bohíos, los asadores y ollas llenos de culebras, de ellas asadas y de ellas cocidas.

26. Llegados a casa de los señores, saludándolos haciéndoles el debido acatamiento, como ellos se suelen saludar; diéronles su embajada de parte de Achitometl, rey de Acolhuacan.

27. Ellos, teniéndole en gran merced, respondieron el contento que tenían, agradeciéndole el bien que les había hecho; pero lo que le suplicaban eran dos cosas: Que les concediese entrada y contratación en su ciudad, y consentimiento para que se emparentasen los unos con los otros, por vía de casamientos, casándose los hijos e hijas de los unos, con los hijos e hijas de los otros.

28. Los mensajeros, admirados de ver la pujanza y multiplicio de los mexicanos, fueron con las nuevas a su rey, relatándole todo lo que habían visto y oído y lo que de parte de los mexicanos se le pedía.

29. El rey, y todos los señores, admirados de una cosa que ellos nunca habían oído, cobraron de nuevo grandísimo temor a los mexicanos y, concediéndoles todo lo que pedían, dijo el rey: –“Concedámosles lo que pidan, que ya os he dicho que esta gente es favorecida de su dios, y gente mala y de malas mañas; dejadlos, no los enojéis, que mientras no les hiciéredes mal, ellos se estarán sosegados.

30. Desde entonces empezaron los mexicanos a entrar en Colhuacan y tratar y contratar libremente, y a emparentar unos con otros, por vía de casamientos, y a tratarse como hermanos y como parientes.

31. Huitzilopochtli, dios de los mexicanos, enemigo de tanta quietud y paz, amigo de desasosiego y contienda, viendo el poco provecho que de la paz se le seguía, dijo a sus viejos y ayos: –“Necesidad tenemos de buscar una mujer, la cual se ha de llamar ‘la mujer de la discordia’, y esa ha de llamarse mi abuela o madre, en el lugar donde hemos de ir a morar.

32. “Porque no es este el lugar donde hemos de hacer nuestra habitación y morada; no es este el asiento que os tengo prometido: más atrás queda, y es necesario que la ocasión de dejar este donde agora moramos, no sea con paz, sino con guerra y muerte de muchos, y que empecemos a levantar nuestras armas, arcos y flechas, rodelas y espadas, y demos a entender al mundo el valor de nuestras personas.

33. “Empezaos a aparejar y apercibir y a proveer de las cosas necesarias para nuestra defensa y para la ofensa de nuestros enemigos, y búsquese medio luego para que salgamos de este lugar. Y el medio sea que vayáis al rey de Acolhuacan, Achitometl, y le pidáis su hija para mi servicio, y luego os la dará, y ésta ha de ser ‘la mujer de la discordia’, como adelante veréis.”

34. Los mexicanos, obedientísimos a su dios, fueron luego al rey de Colhuacan y pídenle a su hija, que él en mucho tenía, para señora de los mexicanos y mujer de su dios. El rey, con codicia de que su hija iba a reinar, y a ser diosa en la tierra, dióla luego a los mexicanos, los cuales la llevaron con toda honra del mundo, con mucho contento y regocijo de ambas las partes, así de la parte de los mexicanos, como de la de los de Colhuacan.

35. Llegada y puesta en supremo lugar, aquella noche habló Huitzilopochtli a sus ayos y sacerdotes y díjoles: –“Ya os avisé que esta mujer había de ser ‘la mujer de la discordia’ y enemistad entre vosotros y los de Colhuacan, y para que lo que yo tengo determinado se cumpla, matad esta moza y sacrificadla a mi nombre, a la cual desde hoy la tomo por mi madre. Después de muerta, desollarla heis toda y el cuero, vestídselo a uno de los principales mancebos, y encima vestirse ha los demás vestidos mujeriles de la moza. Y convidaréis al rey Achitometl que venga a adorar a la diosa, su hija, y ofrecerle sacrificio.”

36. Oído por sus ayos y sacerdotes lo que su dios les mandaba, y dado aviso de ello a todos el común, tomaron la moza princesa de Colhuacan y señora heredera de aquel reino, y mátanla y sacrifícanla a su dios, y desuéllanla y visten a un principal, según la voluntad de su dios, y luego incontinente van al rey de Colhuacan y convídanlo para la adoración de su hija y sacrificio como diosa, pues su dios la había tomado por madre y esposa.

37. Y esta es la que los mexicanos desde entonces adoran por madre de los dioses, de quien se hace memoria en el Libro de la Relación de los Sacrificios, llamada Toci, que quiere decir “madre o abuela”.

38. El rey aceptó el convite y, juntando a todos los señores de su reino, encomendándoles que para la celebración de aquella fiesta, donde su hija había de quedar por diosa de los mexicanos, y esposa de su yerno, el dios Huitzilopochtli, que llevasen muchas ofrendas y presentes.

39. Ellos, viendo ser justa la petición de su rey, y su señor, se apercibieron y aderezaron lo mejor que pudieron, de mantas, bragueros y ofrendas de papel, copal, plumas y diverso género de comidas, para ofrecer a la nueva diosa, con otros muchos géneros de aves, como son codornices y aves marinas; todo para ofrecer y honrar al dios de los mexicanos y a la diosa. Y con este aparato salieron de Colhuacan el rey con todos sus principales y vinieron al lugar de Tizapan.

40. Los mexicanos los salieron a recibir y a darles el parabién de su venida; a los cuales aposentaron lo mejor que pudieron. Después de aposentados y de haber descansado, los mexicanos metieron al indio que estaba vestido con el cuero de la hija del rey, en el aposento junto al ídolo y dijéronle: –“Señor, si eres servido, podrás entrar y ver a nuestro dios y a la diosa tu hija, y hacerles reverencia y ofrecer tus ofrendas.”

41. El rey, teniédolo por bien, se levantó y fuese al templo que les tenían edificado, y entrando en la pieza donde estaba el ídolo, empezó a hacer grandes ceremonias, y a cortar las cabezas a las codornices y a las demás aves, y a ofrecer sacrificio y poner aquella comida delante de los ídolos y ofrecer copal y rosas, y de todo lo que para el efecto llevaba.

42. Y por estar la pieza algo oscura, no veía a quién ni delante de quién hacía aquel sacrificio. Y tomando un brasero con lumbre en la mano, según la industria que le dieron, echó incienso en él y empezó a incensar a los bultos. Y aclarándose la pieza con el fuego, vido al que estaba junto al ídolo sentado, vestido con el cuero de su hija. Una cosa tan fea y horrenda que, cobrando grandísimo espanto y temor, soltó el incensario que en las manos tenía, salió dando grandes voces y diciendo:

43. –“¡Aquí, aquí, mis vasallos... los de Colhuacan! ¡Venid a socorrer una maldad tan grande como estos mexicanos han cometido...! ¡Que sabed que han muerto a mi hija y la han desollado y vestido el cuero a un mancebo, y me lo han hecho adorar...! ¡Mueran y sean destruidos, hombres tan malos y de tan malas costumbres y mañas...! ¡No quede resto ni memoria de ellos: demos, vasallos míos, fin y cabo de ellos!”

44. Los mexicanos, viendo el alboroto y las voces que Achitometl daba y que los vasallos alborotados echaban mano a las armas, estando ya ellos a punto, retrujéronse con sus mujeres e hijos hacia el agua, tomando por reparo la mesma laguna y por seguridad de las espaldas. Empero, los de Colhuacan, dando mandado en la ciudad, salió toda la gente de ella en arma y dándoles combate, los metieron la laguna adentro, hasta que casi no hallaban pie.

45. Viéndose tan apretados y los llantos de las mujeres y los niños ser tantos, cobrando ánimo, empezaron a disparar tanta de la vara arrojadiza –que son aquellas fisgas, arma de que ellos hacían mucho caso y confianza– enviadas con amientos, que recibiendo los colhuacanecas detrimento en sus personas, empezaron a retraerse, de suerte que pudieron los mexicanos cobrar tierra e irse retrayendo hacia Iztapalapa, y ellos fueron dándoles batería, hasta un lugar que se llamaba Acatzintitlan, y allí echáronse todos al agua y haciendo balsas con las mismas fisgas y rodelas y yerbas pasaron los niños y las mujeres, por estar el agua hondable. Y, pasados de la otra parte del río, metiéronse en los carrizales y tulares de la laguna, donde pasaron aquella noche con mucha angustia y trabajos y aflicción, llantos y lágrimas de las mujeres y niños, pidiendo que los dejasen morir allí, que ya no querían más trabajo y aflicción.

46. El dios Huitzilopochtli, viendo la aflicción del pueblo y que ya desesperaban, no pudiendo sufrir el tormento, que tanto había que lo padecían, gozando tan poco del sosiego, habló aquella noche a sus ayos y díjoles que consolasen al pueblo y lo animasen; que todo aquello era para tener después más bien y descanso. Que descansasen allí en aquel lugar.

47. Los sacerdotes hablaron al pueblo y lo consolaron lo mejor que pudieron, y ansí en todo aquel día entendieron en enjugar sus ropas y enjugar las rodales y armas de sus personas, y en edificar un baño, donde se bañaron a su usanza, en los baños que ellos llamaban “temazcalli”. Y este es el lugar que ellos llamaron después Mexicatzinco.

48. El cual nombre se le puso a este lugar por cierta torpedad que, a causa de no ofender los oídos de los lectores, no la contaré. Por la cual torpedad fueron echados del aquel lugar.

49. Y yendo huyendo por entre aquellos carrizales se les ahogó un principal anciano, de mucha cuenta, de los ayos del dios Huitzilopochtli; al cual (anciano) quemaron y honraron, dándole muy solemne y honrosa sepultura. Y vinieron por entre aquellos carrizales hasta un lugar que agora se llama Iztacalco. Allí hicieron la fiesta de los cerros, que ellos tanto solemnizaban por ser aquel su día, e hicieron muchos cerros de masa, poniendo los ojos y bocas; en fin, celebraron su fiesta lo mejor que pudieron, conforme al poco recaudo que tenían consigo.

50. De allí se pasaron a donde agora llamamos San Antonio. De allí vinieron al lugar que agora es San Pablo. Y allí hacen memoria que parió una hija de un señor de los principales de la compañía, y hasta el día de hoy le llaman Mixiuhtlan, que quiere decir “el lugar del parto”. De este lugar vinieron buscando y mirando, si hallarían algún lugar que fuese acomodado para hacer asiento. Y andando estas partes de esta manera por unas y otras, entre carrizales y espadañas, hallaron un ojo de agua hermosísimo, en la cual fuente vieron cosas maravillosas y de gran admiración. Lo cual los ayos y sacerdotes lo habían pronosticado al pueblo, por mandado de su dios Huitzilopochtli.

51. Lo primero que hallaron fue una sabina, blanca toda, muy hermosa, al pie de la cual salía aquella fuente. Lo segundo que vieron fue que todos los sauces que aquella fuente alrededor tenía eran blancos, sin tener una sola hoja verde. Todas las cañas de aquel sitio eran blancas, y todas las espadañas alrededor. Empezaron a salir del agua ranas, todas blancas, y pescado, todo blanco, y entre ellos, algunas culebras del agua, blancas y vistosas. Salía esta agua de entre dos peñas grandes, la cual salía tan clara y linda que daba sumo contento.

52. Los sacerdotes y viejos, acordándose de lo que su dios les había dicho, empezaron a llorar de gozo y alegría y a hacer grandes extremos de placer y alegría, diciendo: –“Ya hemos hallado el lugar que nos ha sido prometido; ya hemos visto el consuelo y descanso de ese cansado pueblo mexicano; ya no hay más qué desear. Consolaos, hijos y hermanos, que lo que os ha prometido vuestro dios hemos ya hallado y conseguido. Porque él nos dijo que veríamos cosas maravillosas entre las espadañas y carrizales de este lugar y éstas son.

53. “Empero, hermanos, callemos y vámonos al lugar donde estábamos y esperemos el mandamiento de nuestro dios, que él nos avisará de lo que hemos de hacer.” Y así se vinieron al lugar que agora llaman Temazcaltitlan, que es lugar donde edificaron el baño para la parida, como ellos lo tienen de costumbre de, al quinto o sexto día, bañar a las paridas en un baño caliente.

54. Luego aquella noche siguiente apareció Huitzilopochtli en sueños a uno de sus ayos que se decía Cuauhtloquezqui y díjole: –“Ya estaréis satisfechos cómo yo no os he dicho cosa que no haya salido verdadera. Ya habéis visto y conocido las cosas que os prometí: veriades en este lugar a donde yo os he traído; pues esperad, que aún os falta ver.”

55. “Ya os acordaréis cómo os mandé matar a un sobrino mío, que se llamaba Copil, y os mandé que le sacásedes el corazón y que lo arrojásedes entre los carrizales y espadañas. Lo cual hicisteis. Pues sabed que ese corazón cayó encima de una piedra, del cual nació un tunal, y es tan grande y hermoso que una águila hace en él su habitación y morada. Cada día y encima de él se apacienta y come de los mejores y más galanos pájaros que halla; encima de él extiende sus hermosas y grandes alas y recibe el calor del sol y el frescor de la mañana.”

56. “Encima de este tunal, procedido del corazón de mi sobrino Cópil, la hallaréis a la hora que fuere de día, y alrededor de él veréis mucha cantidad de plumas, verdes, azules y coloradas, amarillas y blancas, de los galanos pájaros con que esa águila se sustenta. Pues a ese lugar donde halláredes el tunal con el águila encima le pongo por nombre Tenochtitlan.”


 
CAPÍTULO V
DE CÓMO LOS MÉXICANOS, AVISADOS DE SU DIOS, FUERON A BUSCAR EL TUNAL Y EL ÁGUILA, Y CÓMO LO HALLARON, Y DEL ACUERDO QUE PARA EL EDIFICIO TUVIERON

1. Otro día de mañana el sacerdote Cuauhtloquezqui cuidadoso de revelar la revelación y aviso de su dios y de dar cuenta al pueblo de lo que había visto y oído en sueños, mandó convocar todo el pueblo, grandes y chicos, hombres y mujeres, viejos y mozos, y puesto en pie, empezóles a encarecer las grandes mercedes que de su dios cada día recibían, en particular, la que de presente les había revelado. Y era que, después de haberles referido cómo de su mano venían los misterios y prodigios que el día antes habían visto en las fuentes, de culebras blancas, ranas blancas, pescados blancos, sauces blancos y sabinas blancas, etc., que de nuevo le había revelado otra cosa, de no menos admiración, para confirmación de que aquél era el lugar que su dios elegía para su descanso y consuelo y para aumento y excelencia de la nación mexicana y renombre de su grandeza, y refiriéndoles todo lo que le había dicho, dijo de esta manera:

2. “Habéis de saber, hijos míos, que esta noche me apareció nuestro dios Huitzilopochtli y me dijo que ya os acordaréis cómo, llegados que fuimos al cerro de Chapultepec, estando allí su sobrino Cópil, había inventado hacernos guerra, y cómo por su mandato y persecución, las naciones nos cercaron y mataron a nuestro capitán y caudillo y a nuestro señor y rey Huitzilihuitl, echándonos de aquel lugar, al cual lugar mandó le matásemos.”

3. “Y le matamos y sacamos el corazón, y puestos en el lugar que él nos mandó, lo arrojé yo entre las espadañas, el cual fue a caer encima de una peña, y, según la revelación que esta noche me mostró, dice que de este corazón ha nacido un tunal, encima de esta piedra, tan lindo y coposo, que encima de él hace morada una hermosa águila.”
4. “Este lugar nos manda que busquemos y que, hallado, nos tengamos por dichosos y bienaventurados, porque este es el lugar de nuestro descanso y nuestra quietud y grandeza. Aquí ha de ser ensalzado nuestro nombre y engrandecida la nación mexicana; ha de ser conocida la fuerza de nuestro poderoso brazo y el ánimo de nuestro valeroso corazón, con que hemos de sujetar a todas las naciones, así cercanas, como lejanas, sujetando de mar a mar, todos los pueblos y ciudades, haciéndonos señores del oro y de la plata, de las joyas y piedras preciosas, plumas y divisas, etc., y haciéndonos señores de ellos y de sus haciendas e hijos y de sus hijas, y nos han de servir y ser sujetos y tributarios.”

5. “Este lugar manda se llame Tenochtitlán, para que en él se edifique la ciudad que ha de ser reina y señora de todas las demás de la tierra, y a donde hemos de recibir a todos los demás reyes y señores, y a donde ellos han de acudir, como a suprema, entre todas las demás. Y así, hijos míos, vamos por entre estos tulares y espadañas, carrizales y espesura, que, pues nuestro dios lo dice, y en todo lo que nos ha dicho y prometido hemos hallado verdad, también la hallaremos agora.”

6. Oído lo que Cuauhtloquezqui les dijo, todos humillándose a su dios y haciendo gracias al señor de todo lo creado, del día y de la noche, y del aire y fuego, divididos por diversas partes, entraron por los carrizales y espadañas, buscando a una parte y a otra.

7. Tornando a topar con la fuente que el día antes habían visto, y vieron que el agua que el día antes salía clara y linda, aquel día salía bermeja, casi como sangre, la cual (agua) se dividía en dos arroyos, y el segundo arroyo, en el mesmo lugar que se dividía, salía tan azul y espesa, que era cosa de espanto.

8. Ellos, viendo que todo aquello no carecía de misterio, pasaron adelante a buscar el pronóstico del águila, y andando de una parte en otra, divisaron el tunal, y encima de él, el águila, con las alas extendidas hacia los rayos del sol, tomando el calor de él y el frescor de la mañana, y en las uñas tenía pájaro muy galano, de plumas muy preciadas y resplandecientes. Ellos, como la vieron, humilláronsele casi haciéndole reverencia, como a cosa divina. El águila, como los vido, se les humilló, bajando la cabeza a todas partes a donde ellos estaban.

9. Ellos, viendo humillar el águila y que ya habían visto lo que deseaban, empezaron a llorar y a hacer grandes extremos y ceremonias y visajes y meneos, en señal de alegría y contento, y en agimiento de gracias, diciendo:

10. “¿Dónde merecimos nosotros tanto bien? ¿Quién nos hizo dignos de tanta gracia y grandeza y excelencia? Ya hemos visto lo que deseábamos, ya hemos alcanzado lo que buscábamos, y hemos hallado nuestra ciudad y asiento. Sean dadas gracias al señor de lo criado y a nuestro dios Huitzilopochtli.” Señalaron el lugar y fuéronse a descansar por aquel día.

11. Luego, al día siguiente, el dicho sacerdote Cuauhtloquezqui dijo a todos los de la compañía: –“Hijos míos, razón será que seamos agradecidos a nuestro dios, y que le agradezcamos el bien que nos hace. Vamos todos, y hagamos en aquel lugar del tunal una ermita pequeña, donde descanse agora nuestro dios; ya que no sea de piedra, sea de céspedes y tapias, pues de presente no se puede hacer otra cosa.”

12. Luego todos, con grandísima voluntad, se fueron al lugar del tunal, y cortando gruesos céspedes de aquellos carrizales, junto al mesmo tunal, hicieron un asiento cuadrado, el cual había de servir de cimiento, o asiento de la ermita para el descanso del dios. Y ansí hicieron encima de él una pobre y chica casa, a manera de un humilladero, cubierto de paja de aquella que cogían de la mesma agua, porque de presente no podían más.

13. Pues estaban y edificaban en sitio ajeno, que aun el suelo no era suyo, pues era sitio y término de los de Azcaputzalco y de los de Tezcuco, porque allí llegaban los términos del uno y del otro pueblo, y, por la parte del mediodía, términos de Colhuacan. Y así estaban tan pobres y apretados y temeroso que aun aquella casilla de barro que hicieron para poner a su dios, la hicieron con temor y sobresalto.

14. Empero, juntándose todos en consejo, hubo algunos que fueron de parecer que con mucha humildad se fueren a los de Azcaputzalco y a los Tepanecas, que son los de Cuyuacan y Tacuba, y que se les ofreciesen y diesen por amigos y se les sujetasen, con intención de pedirles piedra y madera, para el edificio de su ciudad. Lo cual contradijeron los más de ellos diciendo, que lo uno sería mucho menoscabo de sus personas, y lo otro, que, por ventura, en lugar de recibirlos bien, los maltratarían y harían algunas injurias.

15. Pero que el mejor consejo y parecer que ellos daban era que los días de mercado, que en los pueblos dichos se hacían, fuesen ellos y sus mujeres, con pescado y ranas, y de todo género de sabandijas de las que el agua produce, y con caza de aves marinas, y que, como señores ya en aquel sitio, sin hacer buz, ni reconocer sujeción alguna a ninguno, pues su dios les había dado aquel sitio, fuesen y comprasen piedra y madera y lo que fuere menester para sus casas y edificios.

16. Pareciendo a todos bueno este consejo, determinaron de lo hacer así, y metidos por las lagunas y cañaverales, empezaron a cazar de aquellas aves de patos y gallaretas, y de todas las diferencias de pájaros que entre aquellas espadañas había, y a pescar peces y ranas y camaroncillos y de todo género de sabandijas, hasta los gusanillos que la laguna cría, y moscos que la lama de la laguna encima cría.

17. Y teniendo cuenta con los días de mercado, salían a los mercados. Salían en nombre de cazadores de aves y de pescadores, y trocaban aquellas cazas y pescas por madera de morillos y tablillas, leña y cal y piedra. Y aunque la piedra y madera era pequeña, con todo eso, aunque con trabajo, empezaron a hacer la casa, de aquellos morillos y a hacer poco a poco plancha y sitio de ciudad, haciendo cimiento encima del agua, con tierra y piedra, que entre aquellas estacas echaban, para después fundar sobre aquella plancha y trazar su ciudad.

18. Y a la ermita, que de sólo barro y tapia habían hecho, encima de la mesma tapia, por de fuera pusiéronle una capa de piedrecillas, muy labradas todas, revocadas con cal, que, aun chica y pobre, con aquello quedó la morada de su dios algo galana y vistosa y de algún lustre y parecer. Aquellos dioses fuesen reverenciados.

19. Aquella noche siguiente que los mexicanos acabaron de reparar la ermita donde su dios estaba, teniendo ya gran parte de la laguna cegada y hecha ya la plancha y asiento para hacer casas, habló Huitzilipochtli a su sacerdote o ayo y dijo: “–Di a la congregación mexicana que se dividan los señores, cada uno con sus parientes, amigos y allegados, en cuatro barrios principales, tomando en medio la casa que para mi descanso habéis edificado; y que cada parcialidad edifique en su barrio a su voluntad.”

20. Estos barrios son los que hoy en día permanecen en México, es a saber: el barrio de San Pablo, el de San Juan y el de Santa María la Redonda, que dicen, y el barrio de San Sebastián.

21. Después de divididos los mexicanos en estos cuatro lugares, mandóles su dios se repartiesen entre sí los dioses y que cada barrio nombrase y señalase barrios particulares, donde aquellos dioses fuesen reverenciados. Y así, cada barrio de éstos se dividió en muchos barrios pequeños, conforme el número de los ídolos, que ellos llamaban “Capulteteo”, que quiere decir “dioses de los barrios”. Y no señalaré aquí los nombres de los dioses de los barrios por no hacer al caso a la historia; empero sabremos que estos barrios son como los que en España dicen “colación del tal y tal santo”.

22. Hecha esta división y puestos ya en orden y concierto de barrios, algunos de los viejos y ancianos, entendiendo merecían más que lo que les daban y no se les hacía aquella honra que merecían, se amotinaron, y determinaron ir a buscar nuevo asiento, y andando por entre aquellos carrizales y espadañas, hallaron una albarrada pequeña, y dando noticia de ella a sus aliados y amigos, fuéronse a hacer allí asiento, el cual lugar se llama Xaltelulli, al cual lugar agora llamamos Tlatilulco, que es el barrio de Santiago.

23. Los viejos y principales que allí se pasaron fueron cuatro: el uno de ellos se llamaba Atlacuahuitl, el segundo, Huicton, el tercero, Opochtli, el cuarto, Atlacol. Estos cuatro señores se dividieron y apartaron de los demás y se fueron a vivir a este lugar del Tlatilulco, y según opinión, tenidos por hombres inquietos y revoltosos y de malas intenciones, porque desde el día que allí se pasaron, nunca tuvieron paz, no se llevaron bien con sus hermanos los mexicanos. La cual inquietud ha ido de mano en mano hasta el día de hoy, pues siempre ha habido y hay bandos y rencor entre los unos y los otros.

24. Hecha esta tercera división entre los mexicanos, que, como dijimos, la primera fue los de Mechoacan, la segunda, los de Malinalco, y la tercera, esta del Tlatelulco, los mexicanos que habían quedado en el principal sitio del tunal, hicieron junta y cabildo sobre el reparo de su ciudad y guarda de sus personas, no teniéndose por seguros de los que se habían apartado de ellos, en especial, viendo que ya se iban multiplicando y ensanchándose todo lo que más podían.

25. Proponiendo la plática uno de los más ancianos dijo: –“Hijos y hermanos míos, ya véis cómo estos nuestros hermanos y parientes se han apartado de nosotros y se fueron a Tlatilulco a vivir, y dejaron el sitio y lugar que nuestro dios nos señaló para nuestra morada. Ellos, como rebeldes e ingratos, no conociendo el bien, se fueron y apartaron de nosotros.”

26. “Temo y me persuado de sus malas mañas que algún día nos han de querer sobrepujar y sujetar y han de levantarse a mayores y querer elegir rey y hacer cabeza por sí, por ser malos y de ruin condición. Antes que nos veamos en algún aprieto, paréceme que ganemos por la mano y elijamos un rey que a ellos y a nosotros nos tenga sujetos. Y, si os parece, no sea de nuestra congregación, sino traigámosle de fuera, pues está Azcaputzalco tan cerca y estamos en sus tierras, o sea de Colhuacan, o de la provincia de Tezcuco. Hablad, mexicanos, decid lo que en este caso os parece.”

27. En acabando, Meci esta plática –que así se llamaba el que la propuso– a todos pareció muy bien, y determinaron el caso y se determinó que ni a Azcaputzalco, ni a la provincia de Tezcuco fuesen, sino que, pues ellos habían vivido en tierra de Culhuacan y que allí tenían hijos e hijas casadas y nietos, así de hijos de señores, como de toda gente, que de allí se escogiese un hijo, de sus mesmos hijos, de la mejor casta de los unos y de los otros, y que aquel reinase en México.

28. Y, acordándose de un gran señor que había venido con ellos, que se había quedado en Culhuacan cuando salieron huyendo, que se llamaba Opochtzin, el cual se había casado allí con una muy principal señora, el cual había dejado un hijo que se llamaba Acamapich, y que aquel querían y era su voluntad que reinase en México, y que fuese señor de él.

29. Lo cual luego determinaron de irlo a pedir a Culhuacan, al señor de él, el cual se llamaba Nauhyotl, y sobre ello, llevábanle gran presente de lo que según su poca posibilidad pudiesen. Y así, aparejado el presente, escogieron dos personas, ancianas y retóricas, para que ellos fuesen con el mensaje al rey de Colhuacan. Los cuales fueron y, ofreciendo el presente, propusieron su plática en esta forma:

30. “Gran señor, nosotros, tus siervos y vasallos, los mexicanos, metidos y encerrados entre carrizales y espadañas de la laguna, solos y desamparados de todas las naciones, sólo encaminados por nuestro dios al sitio donde agora estamos, cuya jurisdicción es de Azcaputzalco y de este tu reino, y de la jurisdicción de Tezcuco. Con todo eso, ya que nos habéis permitido estar en él, no será justo que estemos sin cabeza ni señor, que nos mande y corrija y nos guíe y enseñe cómo hemos de vivir; nos libre y defienda y ampare de nuestros enemigos.”

31. “Por tanto acudimos, a ti, sabiendo que entre vosotros hay hijos de nuestra generación, emparentada con la vuestra, salidos de nuestras entrañas y de las vuestras; sangre nuestra y vuestra, y especialmente, tenemos noticia que hay aquí un hijo de Opochiztahuatzin, el cual tiene por nombre Acamapich. Es hijo de una hija tuya, que se decía Atotoztli. Suplicámoste que nos lo des por señor, para que lo tengamos en lo que él merece, pues es de la lignia de los mexicanos y de los reyes y señores de Culhuacan.”

32. El señor de Culhuacan, viendo la petición de los mexicanos y que él no perdía nada en enviar a su nieto a reinar en México, les respondió de esta manera: –“Honrados mexicanos: ya he oído vuestra justa petición, y huelgo mucho de, en eso, daros contento, porque, demás de ser honra mía, ¿de qué me sirve aquí mi nieto? Tomadlo y llevadlo mucho de en hora buena, y sirva a vuestro dios, y esté en lugar de Huitzilopochtli, y rija y gobierne las criaturas de aquel por quien vivimos, señor de la noche y del día, y del viento, y sea señor del agua y de la tierra de la nación mexicana. Y hago os saber que, si fuese mujer, como es hombre, no os lo diera, y que, si su madre fuese viva, que tampoco lo hiciera sin su voluntad; pero llevadle en hora buena y tratadle como él merece y como a hijo y nieto mío.”

33. Los mexicanos, agradeciendo la liberalidad del rey, le rindieron muchas gracias y le suplicaron les diese juntamente una señora, con quien el rey fuese casado, que fuese de la misma línea, y así, luego lo casaron con una señora que se llamaba Ilancueitl.

34. Y trayéndolos con toda la honra posible, saliendo toda la nación mexicana, de hombres y mujeres, chicos y grandes, a recibir a su rey, lo llevaron derecho a los aposentos reales, que aunque pobres de presente, tenían hechos para aquel efecto, y sentándolos a él y a ella en unos asentaderos, juntos los juraron por reyes de México, prometiéndoles obediencia y sujeción. Y levantándose uno de aquellos viejos ancianos, le hizo una plática, diciendo:

35. “Hijo mío, señor y rey nuestro, seáis bien llegado a esta vuestra casa y ciudad, entre los carrizales y espadañas, donde los pobres de vuestros padres, agüelos y parientes los mexicanos padecen lo que el Señor de lo criado sabe.”

36. “Mirad, señor, que venís a ser amparo, sombra y abrigo de esta nación mexicana, y a tener el mando y jurisdicción, y a ser semejanza de nuestro dios Huitzilopochtli. Y bien sabéis que no estamos en nuestra tierra, sino en tierra ajena, y no sabemos lo que será de nosotros mañana o estotro día. Mirad que no venís a descansar ni a recrearos, sino a tomar trabajo y carga muy pesada, y a trabajar y ser esclavo de toda esta multitud y de toda la gente de la comarca, a quien habéis de trabajar de tener muy gratos y contentos, pues sabéis vivimos en sus tierras y términos. Por tanto, señor, seáis muy bien venidos, vos y nuestra señora la reina Ilancueitl.”

37. Hecha la plática, les pusieron en las cabezas unas tiras, a manera de medias mitras, las cuales usaban poner a los reyes cuando los coronaban. El recibió a cargo el reino y prometió el cargo de la defensa de él, y empezó a tener cuenta en las cosas necesarias a la república.

38. Y, porque quiero más en particular dar cuenta de la elección de este primer rey de México y de sus grandezas y modo de regir y gobernar, pues lo tomo por principal intento de esta mi historia, parecióme hacer capítulo de él y de toda su vida y hechos.

39. Pero antes que vayamos a tratar de él, diré cómo los que se apartaron a vivir a Tlatelulco se estuvieron quedos, sin acudir a la obediencia del nuevo rey; antes, como rebeldes y sin ningún temor, se estuvieron quedos, sin hacer cuenta ni caso del rey que los mexicanos habían electo, como gente ya de por sí.

40. Lo cual sufrió la parcialidad mexicana creo con temor de que ningún reino entre sí diviso podrá permanecer. Y temiendo no se desolasen, haciéndose guerra los unos a los otros, hubo entre ellos disimulación; aunque, andando después el tiempo –como en su lugar diré– los mexicanos, no pudieron sufrir la inquietud de los de Tlatilulco, muchas veces los desbarataron y dieron guerra, y les hicieron muchos males, y los sujetaron, robaron y destruyeron, con demasiado enojo y venganza.


Cont.

DOCUMENTOS